Toda mi vida ha estado marcada… Al decir esto pareciera que tuviera como 50 años o algo así. Suena mejor decir que los 20 años que tengo de vida han sido marcados por una constante. Al principio me costaba un poco aceptarlo, pero el tiempo ha pasado y como los sicólogos dicen: “el primer paso para superar el problema es aceptar que hay un problema”. Mi problema quizás es el mismo de muchos jóvenes de hoy en día. Sólo que algunos lo superan y otros no! Ese problema es el Miedo. Sí, pareciera que es algo sencillo, pero no lo es… o por lo menos no para mí, déjame contarte mi historia…
He crecido en esta Ciudad, en un barrio humilde del sur de la ciudad, si bien no era el mejor sitio para crecer, era lo mejor que mis padres me podían dar para vivir. Soy el del medio de 3 hijos. El barrio tampoco era el más seguro, por eso siempre iba del colegio a la casa, de la casa al colegio, y de vez en cuando iba a mi casa algún amigo o yo iba a casa de alguno. Mi infancia se desarrolló dentro de las cuatro paredes de mi casa. Siempre veía a los demás niños jugando en la calle; alguna que otra vez llegué a salir a jugar con ellos. La mayoría de los niños eran distintos a mí y, a decir verdad, muchos me rechazaban por el simple hecho de que no me conocían. Solamente sabían que me la pasaba encerrado en mi casa y eso era porque mis padres se preocupaban, porque en muchos de los casos los padres de estos niños eran delincuentes, y por eso temían que fueran a hacerme daño. Como salía una vez cada mil años a jugar, empezó a gestarse dentro de mí una sensación - como lo dije antes ellos me rechazan - siempre al hacer equipos era el último en ser escogido, y el que nunca hacia las cosas bien. Recuerdo que una tarde jugábamos fútbol. Me pasaron el balón y no había llegado a un metro de distancia de mí cuando, en fracciones de segundo, empecé a pensar en las diferentes opciones al tocar la pelota. Fue entonces cuando de repente empecé a sentir un frio que me congelaba por dentro, haciendo que mis nervios estallaran sin que yo los pudiera controlar. De repente no sé por que, pero sentía que todos los ojos estaban sobre mí, y al llegar la pelota se me enredó en los pies y caí al suelo. Cuando todos vieron eso lo único que hicieron fue reírse de mí, jamás olvidaré sus caras de burla diciendo tonto, estúpido, payaso y otras cosas más… Eso marcó mi vida y juré que no volvería hacer el ridículo…
Fui creciendo, y poco a poco empecé a experimentar cambios dentro y fuera de mí, y al mismo tiempo pasó algo que no entendía: la relación entre mis padres se fue deteriorando; mi padre salía con otras mujeres, mientras mi madre se ocupaba de nosotros, porque mi hermana mayor no estaba en la casa. Ella era medio loca y a los 16 años decidió irse a vivir su vida. No sé por qué, pero desde entonces la relación entre ellos empeoro más rápido; eran momentos terribles. Yo quería hablar con ellos sobre los problemas que se me estaban presentando; pero parecía que mi presencia les molestaba. Sólo discutían una y otra vez. Siempre que hablaba con ellos terminaban echándome la culpa, o eso era lo que yo creía. Por eso cada vez que tenía intenciones de acercarme nuevamente, me invadía ese frio que empecé a experimentar de niño. Eran momentos terribles, muchas veces prefería quedarme callado. Cuando tenía 14 años decidieron separarse, mi hermano y yo no sabíamos qué hacer. Mi padre se iba de la casa para no volver. Yo no quería que se fuera, pero era la decisión de ellos. Al poco tiempo un juzgado dictaminó que mi hermano se fuera a vivir con mi padre, quien luego se fue de la ciudad y hasta hoy no sé nada sobre él…
Mi madre como mujer no podía entender muchas de las cosas que me pasaban, así que tenía que buscar respuestas y mis amigos fueron la primera opción. Comencé a compartir mucho más con ellos. Inventábamos mil y una; hacíamos de todo, sólo que de vez en cuando volvía a sentir ese frío, el cual me dejaba perplejo delante de lo desconocido. Siempre me adelantaba a pensar qué era lo que iba a suceder. Recuerdo más de una ocasión en que dejé de hacer cosas porque sentía que él estaba allí, al acecho, esperando la oportunidad para recorrer mis nervios y neutralizar mi razón.
Luego de un tiempo empecé a echarle la culpa a mis padres. Ellos nunca me dejaron hacer nada, y quizás era por eso que era esclavo del miedo, realmente ya no sabía qué hacer… el miedo en mí era un gigante inmenso, y yo solamente podía vivir bajo su sombra. Era él quien determinaba hasta dónde yo podía llegar; él era quien me decía qué hacer y qué no; ¡él determinaba quién me amaba y quién no!... Mi vida era la sombra de lo que era la de los demás jóvenes, incluyendo mis amigos… Me escondía escuchando música, alguna me relajaba, otra era mi propia vida en una canción, ¡guaooooo! Seguro el autor estaba espiándome por un huequito en alguna de las 4 paredes de la casa. ¡Jejejeje! Llegue a probar alguna droga, a meterme a una banda, a matar a algún gato… no recuerdo cuántas cosas inventé, sólo que mientras más inventaba más esclavo era de ese gigante ¡Parecía que la gente nada más se acercaba para hacerme daño!
Un día uno de mis amigos me regaló un libro, le dicen Biblia. Al principio le dije: “¿Me vas a volver un fanático o qué?” Él me dijo que había conocido a un tal Jesús. De inmediato me dio risa y le dije eso sería lo último que haría en mi vida… Mi esclavitud fue tal, que consideré como última opción buscar en la Biblia. Para mi sorpresa, mientras la hojeaba a ver si encontraba la llave para salir de todo esto y experimentar algo distinto, no importaba qué, cualquier cosa mejor que ser esclavo de este gigante, me paré en una historia en la cual un joven llamado David venció a un gigante, un tal Goliat. Me pareció estupenda y rápidamente me sentí igual que David; me identifiqué con ese joven. No sé cómo, pero ahora sentía que si David pudo vencer a su gigante yo también podía vencer el mío. A las horas se lo comenté a mi amigo. No podía esperar, ¡quería saber lo que era ser libre! Él me dijo que debía conocer a Jesús. Fue esa noche cuando acepté a Jesús en mi corazón... Hoy han pasado 2 años y lo que alguna vez creí imposible hoy es una realidad. Ya no soy esclavo del miedo, porque Jesús vino a mi vida y cambió todo lo que soy. Ahora, en vez de sentir ese frío que me dejaba perplejo, siento una alegría que llena todo mi ser… ¡¡¡¡Ya no vivo a la sombra de ningún gigante!!!! Vivo por Jesús a la sombra de Su amor y ahora me atrevo a lanzarme a las Aguas de lo Imposible porque Él está conmigo!!!!



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