Daniela era una joven promedio de 16 años, que se encontraba en el último año de la secundaria, al parecer era una muchacha normal; era una chica alegre, buena amiga, buena estudiante; era popular, todo en su vida era ejemplar, y hasta donde sabía no tenía ningún problema. Sus padres, orgullosos de ella, le daban según lo que podían. Ella vivía cerca, en un edificio de 3 pisos. Todos los días la veía pasar, me saludaba, me preguntaba cómo estaba y cómo seguía la enfermedad de mis abuelos. Era alguien aparentemente libre de problemas, por eso nadie se explica
cómo pudo hacerlo…
El viernes en la mañana fue la última vez que la vi con vida. En el colegio, la noté como extraña y sentí en el corazón el acercarme a ella, no sé por qué. Sólo lo sentí. Fue algo extraño; nunca lo había experimentado. Pensé que quizás me
estaba enamorando; cualquiera podía enamorarse de ella, pero al momento de acercarme ni pude: llego su novio Miguel. Todos los días la iba a buscar al salir de
clases, pero al igual que la semana pasada, la vino a buscar un poco antes de lo habitual. Miguel es un hombre
algo mayor, quizás de unos 20 años, universitario. Poco conozco de él; solamente sé que es universitario y que juega en algún equipo de su universidad. Al llegar inmediatamente bajaron las escaleras hacia los laboratorios de ciencias. Claro, es el sitio menos visitado de todo el Colegio.
Sin que se dieran cuenta, no sé por qué, pero los seguí; repito no sé por qué: quizás estaba desarrollando celos hacia el novio, o simplemente la intriga de no saber lo que le estaba sucediendo me llevó hasta allí…
A pesar de estar a pocos metros, no escuchaba muy bien; sólo entendía algo sobre unos médicos o algo así, de una supuesta prueba, inmediatamente pensé “La rata esta embarazó a Daniela"; pero no era eso. Parecía ser que la prueba era de él ¡y hasta donde sé los hombres no salen
embarazados! Seguí escuchando como si fuera la propia vecina chismosa. A pesar de mi esfuerzo, no pude escuchar mucho más de lo que había entendido… bueno, hasta el momento en que se
percataron de mi presencia. Al verme descubierto, rápidamente subí las escaleras y me olvidé del tema por unos segundos. Miguel subió a los minutos, montó su moto ¡y se fue!...
Al salir de clases Daniela extrañamente se me acercó, inmediatamente pensé “seguro me va a preguntar qué fue lo que escuché. Luego me pedirá que me quede callado que es un pequeño problema y listo”. Mi sorpresa fue que, al ella
llegar, pidió sentarse conmigo. Me pregunto si había escuchado algo, yo le dije que muy poco, que no tenía de qué preocuparse; yo era una tumba. También, extrañamente, ella se quedó en silencio, sentada al lado mío pensando. Al rato
me preguntó:
- “¿Sabes qué es el VIH?”
- Claro, es la enfermedad que mata a muchas personas - le respondí.
Nuevamente se quedó callada por unos minutos. Yo por mi parte empecé a atar cabos; con tal pregunta lo primero que vino a mi mente fue que quizás la prueba de la estaban hablando no era precisamente la de embarazo… Daniela rompió el silencio diciéndome: “Si escuchaste, seguro estás pensando en la prueba”. Al terminar de decir esto, lo que ella confesó me confirmó que mis pensamientos no estaban muy errados: sí, al parecer el novio había contraído el VIH y tenía mucho miedo, porque lo más probable es que la hubiera contagiado…
Pocas veces ella se había sentado a mi lado para hablar. De hecho aparte de matemáticas nunca habíamos tocado otro tema, y ahora ella me hacia una confesión increíble. Es difícil explicar lo que sentía al escuchar sus palabras; fueron sentimientos encontrados: rabia, odio , impotencia, compasión, dolor e incertidumbre; pero la conversación no terminó allí, me dijo que no sabía qué hacer; no quería ni pensar como decírselo a sus padres en caso de confirmar que estaba contagiada. Yo no sabía qué decirle; lo único eran palabras de aliento, que mientras las pruebas no salieran positivas, había que pensar en la posibilidad de no estar contagiada. Ella me agradeció y empezamos a caminar hasta nuestras casas…
En el camino ella me contó que su sueño era llegar virgen al altar, que era lo que siempre sus padres le habían enseñado; pero ella amaba a Miguel y la presión era tal que ella, antes de perderlo, prefirió comerse sus valores y probarle su amor a aquel hombre, sin pensar en las consecuencias que eso le podría traer. Por supuesto, ahora se arrepiente de haber creído en sus palabras de amor; pero ni modo, ya es tarde para pensar en eso. Yo solamente escuchaba cada palabra que decía, y no entiendo la razón, pero a cada paso algo se despertaba en mi corazón; había algo que me motivaba a hablarle.
Sí, lo acepto, tengo tiempo sin hablar de Él… Pero a pesar de eso me quedé
callado. Al final ella me dijo que, en caso de confirmar que estaba contagiada,
haría algo terrible…
Antes que Daniela decidiera saltar del balcón, al terminarla corrí hasta su casa, al verla parada encima de la baranda del balcón, inmediatamente le grité: “¡¡¡ No lo hagas; hay alguien que realmente te ama y se llama Jesús! Él murió por ti y no importa. Él puede darle sentido a tu vida, ¡¡ por favor no lo hagas!!” Daniela me vio, miro al cielo y llorando… ¡saltó!
Algo aprendí de esto, cuando Dios nos dice que hagamos algo, hay que hacerlo al momento, ¡porque después puede ser tarde!



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